Hace hoy justo dos años que mirábamos pasar los últimos pedazos de ciudad camino del aeropuerto para comenzar un viaje de vuelta al mundo de un año. Entre tanto, nos hemos ido y hemos vuelto. Han pasado poco más de 12 meses desde que aterrizamos de nuevo en Barcelona. Ese lugar que llamamos casa, dónde las calles nos suenan, dónde nos esperaban amigos y familia, donde los charcos ya nos han mojado en algún día lluvioso y los rincones tienen memoria.
La rueda comenzaba a girar de nuevo después de este tiempo extra que habíamos conseguido robar a la cotidianeidad, a lo preestablecido, a lo que todo el mundo espera de ti. Fue un año en el que hicimos en todo momento lo que nos apetecía, 12 meses sin horarios ni compromisos, sin semanas de cinco días laborales y dos de descanso. Un año en el que todos los días eran nuestros y pudimos exprimir a voluntad desde el primero hasta el último minuto de las 24 horas que nos brindaba el ciclo solar.
Estamos enganchados de nuevo al engranaje, volvemos a sentir el tic tac de unas agujas que boicoteamos durante un tiempo, atascándolas con una mochila de viaje y ganas de devorar momentos y atesorar kilómetros. Ahora, volvemos a estar aquí y nos dedicamos a acaparar momentos felices, pero a veces, cuando necesitas volver a subir a respirar, también nos gustaría estar allí.
Hoy nos vamos a Indonesia. Quizá éste sea el viaje que con más ansia hemos esperado, el que menos hemos preparado, porque sabemos, que el mundo es mucho más fácil de lo que parece en la lejanía.
Nos vamos… otra vez…